Nacer y crecer

 "No importan las condiciones en las que uno nace, sino lo que llega a ser cuando crece".


 

El sabio y los deseos

 

Imagen de Alberto Vázquez

Un joven llamado Tanit fue a ver al sabio del pueblo para saber qué es lo que tenía que hacer para conseguir lo que quería. El hombre le miró y no le respondió. El muchacho volvió a visitarle varias veces con la misma respuesta: silencio. Hasta que un día, el sabio le dijo: "Ven conmigo". Y se dirigieron a un río cercano donde el hombre se metió en el agua con Tanit. Cuando alcanzaron cierta profundidad, el sabio se apoyó en los hombros del joven y lo sumergió en el agua. Pese a los esfuerzos de Tanit por liberarse, lo mantuvo allí un rato hasta que, al final, lo soltó y el chico pudo sacar la cabeza del agua y tomar una gran bocanada de aire. "Cuando estabas bajo el agua, ¿qué es lo que más deseabas?", le preguntó el anciano. "Aire, quería aire", respondió Tanit. "¿No preferías riquezas, comodidad, placeres, poder o amor?", insistió el sabio. "No. Sólo deseaba una cosa: aire. Necesitaba aire y sólo y únicamente aire", dijo el joven. "Entonces, recuerda la intensidad de tu deseo por salir del agua. Porque para conseguir tu objetivo debes quererlo con la misma intensidad con la que ahora querías el aire. Y, además, debe ser tu única aspiración día y noche. Si tienes ese fervor y te centras en una sola cosa, conseguirás, sin duda, lo que quieras", le aconsejó el sabio.



Oportunidades

 "Las oportunidades marcan nuestra vida, incluso la que dejamos pasar".


 

Echar de menos

 "Te echaría de menos aunque no te conociera".


 

El muñeco de madera

 

Imagen de Alberto Vázquez 

Cada mañana que pasaba delante del escaparate de la juguetería, sólo tenía ojos para aquel muñeco de madera que parecía saludarlo a él. Era lo que más deseaba en el mundo, pero era carísimo. Un día, el dueño de la tienda lo vio, como siempre, con la nariz pegada al cristal y le preguntó qué le gustaba tanto. Él sintió mucha vergüenza y salió corriendo. En las siguientes semanas cambió su itinerario habitual y, cuando volvió a pararse ante la juguetería, el muñeco ya no estaba allí. Jamás podría tenerlo entre sus manos.

Pasaron los años y un día que, por casualidad, volvió a pasear por las calles de su barrio, vio a un niño que, como él de pequeño, miraba con ilusión un muñeco en el mismo escaparate. Sin pensarlo dos veces, entró en la tienda y lo compró pero, al salir, el pequeño había desaparecido. Una tarde, al llegar a su casa, se encontró con la mirada intensa del muñeco y aquello le trasladó de nuevo a la infancia. Fue como ver cumplido su mayor deseo. Sin haberse dado cuenta, al intentar hacer una buena obra comprándole al niño su juguete preferido, había acabado regalándose a sí mismo un objeto que representaba el recuerdo más grato de su infancia. Y es que, siempre que hacemos el bien a los demás nos beneficiamos a nosotros mismos.


Vivir y disfrutar

 "La vida está para vivirla en plenitud y disfrutarla de corazón".


 

Raza humana

 "Hay ocasiones en que siento vergüenza de pertenecer a la raza humana".


 

Gran decepción

 "Sin una gran decepción, no se aprecian las victorias".


 

El loco

 

Imagen de  Alberto Vázquez

Había en el reino un hombre al que todos llamaban el loco, que vestía con ropas gastadas y no poseía casa donde refugiarse ni ninguna otra propiedad. Tan sólo llevaba consigo un saquito de semillas y dedicaba todo su tiempo a ir sembrando, por todos los campos por donde pasaba, lo que en el futuro serían árboles frutales.

Nadie se había detenido a hablar con él para, en vez de reírse de su apariencia, agradecerle el gesto de poner la semilla para que otros se beneficiasen del fruto de esos árboles que, probablemente, él no vería crecer. Pero,un día estaba paseando por allí el sultán de aquel lugar acompañado de su escolta y, cuando le vio cavando la tierra, le preguntó: "¿Qué haces, buen hombre?". A lo que el loco respondió: "Estoy sembrando. Otros lo hicieron antes y yo he comido. Ahora me toca a mí hacer lo mismo". El sultán quedó tan admirado con la sabiduría y la bondad de aquel hombre menospreciado por todos que mandó a un soldado de su séquito que le entregase unas monedas de oro. Y el sembrador le comentó: "Veis, señor, como mi semilla ya ha dado fruto". Este cuento debería hacernos reflexionar sobre la gente que, en el absoluto anonimato, hace que este mundo sea mejor. ¡Debería haber muchos más locos como ellos!