"La probabilidad de que una persona tenga razón aumenta en relación directa con la insistencia en convencerla de que está equivocada".
"La probabilidad de que una persona tenga razón aumenta en relación directa con la insistencia en convencerla de que está equivocada".
Dos hermanos que vivían en fincas contiguas y que habían trabajado el campo juntos, hombro con hombro, compartiendo lo bueno y lo malo, tuvieron una discusión por un malentendido y la cosa acabó creciendo y creciendo hasta enemistarlos del todo.
Una mañana se acercó hasta la casa del hermano mayor un carpintero que buscaba trabajo y él le explicó lo que había sucedido: "En la granja de al lado vive mi hermano, Todo iba bien hasta que nos hemos peleado y a él no se le ha ocurrido otra cosa que desviar con la excavadora el arroyo para que se convirtiera en una frontera entre nosotros. ¿Ve usted aquella pila de tablones? pues quiero que haga con ellos un muro de 2 metros de alto. Así no volveré a ver a mi hermano nunca jamás".
Mientras él iba a la ciudad a vender sus verduras, el carpìntero se afanó en hacer su trabajo para tenerlo terminado cuando regresase. De vuelta en casa, el hermano mayor quedó impresionado con lo que vio: en lugar del muro, había un puente que unía las dos granjas. Al poco, vio que su hermano lo cruzaba con una amplia sonrisa y ambos se fundieron en un cariñoso abrazo. El carpintero sabio había tendido un puente donde ellos sólo pretendían levantar barreras.
Un joven llamado Tanit fue a ver al sabio del pueblo para saber qué es lo que tenía que hacer para conseguir lo que quería. El hombre le miró y no le respondió. El muchacho volvió a visitarle varias veces con la misma respuesta: silencio. Hasta que un día, el sabio le dijo: "Ven conmigo". Y se dirigieron a un río cercano donde el hombre se metió en el agua con Tanit. Cuando alcanzaron cierta profundidad, el sabio se apoyó en los hombros del joven y lo sumergió en el agua. Pese a los esfuerzos de Tanit por liberarse, lo mantuvo allí un rato hasta que, al final, lo soltó y el chico pudo sacar la cabeza del agua y tomar una gran bocanada de aire. "Cuando estabas bajo el agua, ¿qué es lo que más deseabas?", le preguntó el anciano. "Aire, quería aire", respondió Tanit. "¿No preferías riquezas, comodidad, placeres, poder o amor?", insistió el sabio. "No. Sólo deseaba una cosa: aire. Necesitaba aire y sólo y únicamente aire", dijo el joven. "Entonces, recuerda la intensidad de tu deseo por salir del agua. Porque para conseguir tu objetivo debes quererlo con la misma intensidad con la que ahora querías el aire. Y, además, debe ser tu única aspiración día y noche. Si tienes ese fervor y te centras en una sola cosa, conseguirás, sin duda, lo que quieras", le aconsejó el sabio.
Cada mañana que pasaba delante del escaparate de la juguetería, sólo tenía ojos para aquel muñeco de madera que parecía saludarlo a él. Era lo que más deseaba en el mundo, pero era carísimo. Un día, el dueño de la tienda lo vio, como siempre, con la nariz pegada al cristal y le preguntó qué le gustaba tanto. Él sintió mucha vergüenza y salió corriendo. En las siguientes semanas cambió su itinerario habitual y, cuando volvió a pararse ante la juguetería, el muñeco ya no estaba allí. Jamás podría tenerlo entre sus manos.
Pasaron los años y un día que, por casualidad, volvió a pasear por las calles de su barrio, vio a un niño que, como él de pequeño, miraba con ilusión un muñeco en el mismo escaparate. Sin pensarlo dos veces, entró en la tienda y lo compró pero, al salir, el pequeño había desaparecido. Una tarde, al llegar a su casa, se encontró con la mirada intensa del muñeco y aquello le trasladó de nuevo a la infancia. Fue como ver cumplido su mayor deseo. Sin haberse dado cuenta, al intentar hacer una buena obra comprándole al niño su juguete preferido, había acabado regalándose a sí mismo un objeto que representaba el recuerdo más grato de su infancia. Y es que, siempre que hacemos el bien a los demás nos beneficiamos a nosotros mismos.