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Finca en venta

Imagen de Alberto Vázquez 

Después de muchos años dedicándose a cultivar con esfuerzo sus tierras, Ramón había decidido cambiar de vida y el primer paso sería vender su finca al mejor postor. Como su vecino era un reconocido poeta y tenía buena relación con él, se atrevió a pedirle un favor: que escribiera en un cartel un anuncio de venta que atrajera a quienes pasaran por allí. El poeta le respondió que sería un placer ayudarle y redactó el siguiente texto: "Vendo este pedacito de cielo en la tierra. Con mi esfuerzo, he creado una huerta con todo tipo de verduras que son un regalo para el paladar. Además, podrás descansar bajo la sombra acogedora de árboles frutales y relajarte con el arrullo de un río que tiene el agua más pura y cristalina que jamás conociste".

El poeta marchó de viaje varios meses y, al regresar, pasó por la finca para conocer a los nuevos propietarios, pues estaba seguro de que la venta se había realizado. Pero, para su sorpresa, allí seguía su vecino, quien le saludó con estas palabras: "Después de leer el anuncio tan bello que escribiste, pensé que vivía en el lugar más maravilloso de la tierra y que aquí me quedaría". Y es que no hemos de esperar a que los demás nos digan lo plena que es nuestra vida para empezar a disfrutarla.


  

El televisor

 

Imagen de Alberto Vázquez 

La profesora de Literatura propuso a sus alumnos un nuevo ejercicio: tenían que hacer una redacción en la que explicasen en qué les gustaría convertirse. Como era de esperar, muchos niños escogieron ser animales poderosos como el tigre o el león, así como superhéroes, personajes de ficción de sus series de dibujos animados preferidas o incluso policías y bomberos, para ayudar a los demás. Pero el más sorprendente fue un alumno que quería ser un televisor.

El texto del muchacho comenzaba así: "Si pudiese transformarme, como por arte de magia, elegiría ser un televisor, querría ocupar un lugar especial y reunir en torno a mí a todos los miembros de la familia. Desearía que todos escuchasen mis palabras, que mi padre estuviese atento a lo que cuento aunque hubiese llegado agotado del trabajo. Que mi madre dejase cuanto tiene entre manos, que siempre es mucho, para dedicarme su tiempo sin prisas, relajadamente. Que mis hermanos se peleasen por estar a mi lado...Me gustaría poder divertirlos a todos".

Este cuento encierra una importante reflexión: a veces perdemos el tiempo en cosas que no nos aportan nada, descuidando las que sí son importantes. Prioricemos y demos valor a lo que realmente merece la pena en la vida.

 

Probabilidad

 "La probabilidad de que una persona tenga razón aumenta en relación directa con la insistencia en convencerla de que está equivocada".


 

 

El puente y los dos hermanos


Imagen de Alberto Vázquez 

Dos hermanos que vivían en fincas contiguas y que habían trabajado el campo juntos, hombro con hombro, compartiendo lo bueno y lo malo, tuvieron una discusión por un malentendido y la cosa acabó creciendo y creciendo hasta enemistarlos del todo.

Una mañana se acercó hasta la casa del hermano mayor un carpintero que buscaba trabajo y él le explicó lo que había sucedido: "En la granja de al lado vive mi hermano, Todo iba bien hasta que nos hemos peleado y a él no se le ha ocurrido otra cosa que desviar con la excavadora el arroyo para que se convirtiera en una frontera entre nosotros. ¿Ve usted aquella pila de tablones? pues quiero que haga con ellos un muro de 2 metros de alto. Así no volveré a ver a mi hermano nunca jamás".

Mientras él iba a la ciudad a vender sus verduras, el carpìntero se afanó en hacer su trabajo para tenerlo terminado cuando regresase. De vuelta en casa, el hermano mayor quedó impresionado con lo que vio: en lugar del muro, había un puente que unía las dos granjas. Al poco, vio que su hermano lo cruzaba con una amplia sonrisa y ambos se fundieron en un cariñoso abrazo. El carpintero sabio había tendido un puente donde ellos sólo pretendían levantar barreras.

 

El sabio y los deseos

 

Imagen de Alberto Vázquez

Un joven llamado Tanit fue a ver al sabio del pueblo para saber qué es lo que tenía que hacer para conseguir lo que quería. El hombre le miró y no le respondió. El muchacho volvió a visitarle varias veces con la misma respuesta: silencio. Hasta que un día, el sabio le dijo: "Ven conmigo". Y se dirigieron a un río cercano donde el hombre se metió en el agua con Tanit. Cuando alcanzaron cierta profundidad, el sabio se apoyó en los hombros del joven y lo sumergió en el agua. Pese a los esfuerzos de Tanit por liberarse, lo mantuvo allí un rato hasta que, al final, lo soltó y el chico pudo sacar la cabeza del agua y tomar una gran bocanada de aire. "Cuando estabas bajo el agua, ¿qué es lo que más deseabas?", le preguntó el anciano. "Aire, quería aire", respondió Tanit. "¿No preferías riquezas, comodidad, placeres, poder o amor?", insistió el sabio. "No. Sólo deseaba una cosa: aire. Necesitaba aire y sólo y únicamente aire", dijo el joven. "Entonces, recuerda la intensidad de tu deseo por salir del agua. Porque para conseguir tu objetivo debes quererlo con la misma intensidad con la que ahora querías el aire. Y, además, debe ser tu única aspiración día y noche. Si tienes ese fervor y te centras en una sola cosa, conseguirás, sin duda, lo que quieras", le aconsejó el sabio.



El muñeco de madera

 

Imagen de Alberto Vázquez 

Cada mañana que pasaba delante del escaparate de la juguetería, sólo tenía ojos para aquel muñeco de madera que parecía saludarlo a él. Era lo que más deseaba en el mundo, pero era carísimo. Un día, el dueño de la tienda lo vio, como siempre, con la nariz pegada al cristal y le preguntó qué le gustaba tanto. Él sintió mucha vergüenza y salió corriendo. En las siguientes semanas cambió su itinerario habitual y, cuando volvió a pararse ante la juguetería, el muñeco ya no estaba allí. Jamás podría tenerlo entre sus manos.

Pasaron los años y un día que, por casualidad, volvió a pasear por las calles de su barrio, vio a un niño que, como él de pequeño, miraba con ilusión un muñeco en el mismo escaparate. Sin pensarlo dos veces, entró en la tienda y lo compró pero, al salir, el pequeño había desaparecido. Una tarde, al llegar a su casa, se encontró con la mirada intensa del muñeco y aquello le trasladó de nuevo a la infancia. Fue como ver cumplido su mayor deseo. Sin haberse dado cuenta, al intentar hacer una buena obra comprándole al niño su juguete preferido, había acabado regalándose a sí mismo un objeto que representaba el recuerdo más grato de su infancia. Y es que, siempre que hacemos el bien a los demás nos beneficiamos a nosotros mismos.


El loco

 

Imagen de  Alberto Vázquez

Había en el reino un hombre al que todos llamaban el loco, que vestía con ropas gastadas y no poseía casa donde refugiarse ni ninguna otra propiedad. Tan sólo llevaba consigo un saquito de semillas y dedicaba todo su tiempo a ir sembrando, por todos los campos por donde pasaba, lo que en el futuro serían árboles frutales.

Nadie se había detenido a hablar con él para, en vez de reírse de su apariencia, agradecerle el gesto de poner la semilla para que otros se beneficiasen del fruto de esos árboles que, probablemente, él no vería crecer. Pero,un día estaba paseando por allí el sultán de aquel lugar acompañado de su escolta y, cuando le vio cavando la tierra, le preguntó: "¿Qué haces, buen hombre?". A lo que el loco respondió: "Estoy sembrando. Otros lo hicieron antes y yo he comido. Ahora me toca a mí hacer lo mismo". El sultán quedó tan admirado con la sabiduría y la bondad de aquel hombre menospreciado por todos que mandó a un soldado de su séquito que le entregase unas monedas de oro. Y el sembrador le comentó: "Veis, señor, como mi semilla ya ha dado fruto". Este cuento debería hacernos reflexionar sobre la gente que, en el absoluto anonimato, hace que este mundo sea mejor. ¡Debería haber muchos más locos como ellos!

 

El lobo y la cigüeña

 

Imagen de Alberto Vázquez 

Un día, los lobos organizaron un gran festejo y prepararon una deliciosa comida. Uno de los animales, temiendo quedarse sin probar alguna de las exquisiteces que se habían cocinado, comió muy deprisa con tan mala pata que se atragantó con un hueso. Agobiado, empezó a saltar y, al verlo, se acercó una cigüeña que casualmente pasaba por allí. Por gestos, le hizo entender al gran pájaro lo que le había pasado y éste, compadeciéndose del pobre lobo, se dispuso a echarle una mano. Así que introdujo su largo pico en la boca del animal hasta alcanzar el hueso que se le había quedado atravesado en la garganta. Satisfecho, el lobo dio media vuelta para regresar al banquete. "Amigo", le dijo la cigüeña con suavidad, "me debes la cuenta por mis servicios y ni siquiera me das las gracias". "¡Estás loca!", respondió el lobo con desdén. "¿No tienes bastante con haber salido libre de mi boca? ¡Eres tú quien tiene que darme las gracias!".

La cigüeña se marchó entonces sin decir nada, pero pensando que, aunque dice el refrán: "haz el bien y no mires a quién", hay que ser precavido, no vaya a ser que quien reciba tu ayuda sea tan egoísta que no sea capaz de valorarla y, además, pueda convertirse luego en tu enemigo.

 

El león afónico

Imagen de Alberto Vázquez 

Érase una vez un león que se comportaba de forma muy diferente al resto de sus congéneres a causa de un defecto que le provocaba afonía. Mientras los otros se pasaban el día rugiendo y demostrando a los demás quién era el rey de la selva, él solía pasear por la jungla en silencio y sin atemorizar a los otros animales. Ese carácter dulce y bondadoso le hizo ganar muchas amistades.

Un día que estaba descansando a la sombra de un árbol se acercó a él un viejo jabalí,que era el animal más pesado del lugar. Aprovechando su afonía, empezó a darle la tabarra con sus problemas de convivencia con los otros,con sus achaques... Fue en ese momento cuando el león que habría deseado poder gritar con todas sus fuerzas para sacárselo de encima, decidió crear una máquina que reprodujera el rugido de los leones. Pasaron los meses y cuando el jabalí volvió a acorralarlo con sus monsergas, apretó el botón del aparato y de él salió un espantoso bramido que aterrorizó de tal modo a todos los animales que éstos huyeron. Tan solo se quedó que, al instante, comprendió que no era necesario levantar la voz para ser respetado, que para ganarse el afecto y la consideración de los otros jamás hay que imponer nuestra opinión con violencia.


El hijo más inteligente

 

Imagen de Alberto Vázquez 
 

Viendo que el final de sus días ya no estaba muy lejos, un anciano decidió reunir a sus tres hijos para explicarles un asunto importante. "Como sabéis, no soy un hombre rico y no dispongo de bienes suficientes para dejaros una gran herencia a todos. Por eso, he decidido que lo mejor será que sólo uno de vosotros herede todo lo que poseo", les avanzó el buen hombre. "A los tres os quiero por igual, pero he tomado una decisión que espero entendáis y encontréis justa. Entregaré todo cuanto poseo al que sea más hábil, más inteligente, más sagaz...", prosiguió. "Os daré a cada uno una moneda. El que compre algo que llene la casa se quedará con todo", concluyó.

El primero de los hermanos compró varias alpacas de paja con las que consiguió llenar la pequeña vivienda hasta la mitad de sus paredes. El hijo mediano trajo varios sacos de plumas, pero con ellas apenas logró emular al primogénito. Quedaba por llegar el más pequeño, pero sus hermanos dudaban que consiguiese superarlos, aunque para su sorpresa fue él quien obtuvo la herencia. Sólo compró un pequeño objeto, una vela. Esperó que se hiciese de noche, la encendió y entonces llenó toda la casa de luz. De igual manera, en la vida son las cosas inmateriales las que más nos llenan.


El granjero estresado

 

Imagen de Alberto Vázquez 

Había una vez un granjero que, en lugar de disfrutar de su trabajo y de las ventajas de vivir en medio del campo, sin los ruidos ni la contaminación característicos de las grandes ciudades, se pasaba el día estresado. No tenía un solo segundo para sentarse y descansar porque estaba a todas horas persiguiendo a sus gallinas, que se escapaban constantemente.

Un día, un señor que paseaba por los alrededores de la granja, al verlo con la lengua fuera y sudoroso tras las aves del corral le dijo: "Perdone usted, ¿sabe que hay un agujero en la valla y es por ahí por donde se le están escapando las gallinas". A lo que el granjero respondió, casi sin mirarle a la cara: "Claro que lo sé, ¿y qué quiere que haga?". El caminante, sin salir de su asombro, pues la solución le parecía bien sencilla, le sugirió: "Mire, ¿no cree que el problema estaría resuelto simplemente con arreglar el agujero?". Pero el estresado granjero le soltó: "Pues claro que lo sé, pero no tengo tiempo. no ve que me paso todo el día persiguiendo a las dichosas gallinas".

Esto es lo que les pasa a muchos que viven estresados porque se creen muy productivos y, en realidad, lo están porque no resuelven a tiempo sus problemas y pagan las consecuencias.



El genio y el zapatero

 

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Érase una vez un genio que, disfrazado de mendigo entró en la casa del zapatero y le suplicó. "Hermano, no tengo ni una sola moneda pero mis pies están destrozados de caminar todo el día con estas sandalias rotas. ¿No podrías arreglármelas?". Y el zapatero le respondió: "Yo también soy pobre y estoy harto de que todos vengan pidiéndome favores sin pagar ni una sola moneda".

Tras oírlo, el genio recuperó su apariencia original y le ofreció la ayuda que necesitase. "¿Puede ser dinero?", pidió el humilde artesano. "Sí, te daré 10 millones, pero sería a cambio de tus piernas", le sugirió. Pero el pobre zapatero respondió impresionado: "¿Para qué quiero yo ese dinero si no podría caminar ni desplazarme solo a ningún sitio?".

"Entonces te daré 100 millones a cambio de tus manos", propuso el genio. Pero el zapatero también rechazó la oferta: "No podría comer solo, trabajar o jugar con mis hijos". Y cuando el genio de la lámpara le prometió 1.000 millones por sus ojos, el artesano  asustado, contestó: "No podría soportar no ver jamás a mi familia y amigos..." Entonces, el genio le dijo:"Hermano mío, ves lo afortunado que eres con todo lo que posees y todavía sigues sin darte cuenta de ello".


El ciego

 

Imagen de Alberto Vázquez 
 

Érase una vez un ciego que se pasaba el día recostado sobre un muro del parque pidiendo limosna. Para ello había escrito en una pizarra. "Por favor, ayúdenme, soy ciego". Un hombre que comía cada mediodía en un banco cercano decidió acercarse al ciego para echar unas monedas en su sombrero. Viendo que apenas tenía dinero para pagarse un café con leche, decidió echarle una mano. Con ese fin, cogió la pizarra, le dio la vuelta y escribió un nuevo mensaje en el reverso. Sin que el invidente se diera cuenta, volvió a dejar el letrero en su lugar y se marchó a su trabajo para acabar la jornada.

Cuando pasó de nuevo por delante del ciego, fue una grata sorpresa descubrir el sombrero lleno de monedas y billetes. El buen hombre reconoció sus pasos y le preguntó si había sido él quien cogió su pizarra y qué mensaje escribió. A lo que, el anónimo paseante contestó: "Nada que no sea tan cierto como lo que tú ya habías escrito". Y, a continuación, le dio la mano y siguió su camino. El ciego nunca lo pudo leer, pero en el cartel ponía: "Hoy es primavera y no puedo verla". Como decía Einstein: "Si haces lo que siempre hiciste obtendrás los mismos resultados". Es cierto que, a veces, hay que cambiar de estrategia cuando las cosas no van bien para, así, mejorar nuestra realidad.


El caleidoscopio

 

Imagen de Alberto Vázquez 
 

Érase un hombre que había quedado ciego en un accidente cuando era joven y, por ese motivo tuvo que desarrollar la habilidad de sus manos para poder buscarse algún modo de subsistir. Y aunque, con el tiempo, llegó a convertirse en uno de los mejores artesanos del lugar, ese oficio apenas le daba para ir tirando. Por eso, jamás pudo comprarle a su hijo juguetes, como hacían los demás padres, y el niño se tenía que entretener con las herramientas de su taller.

Pero el día que el pequeño cumplió 5 años, el hombre quiso hacerle un regalo muy especial.Decidió construirle,con sus propias manos, un pequeño caleidoscopio como el que él mismo recordaba haber tenido de pequeño. La idea no podría haber sido más buena, pues jamás había visto a su hijo tan emocionado y feliz.

Cuando regresó a clase y enseñó su caleidoscopio, todos los niños le preguntaron dónde lo había comprado. Y él, más orgulloso que nunca, les dijo: "Me lo ha hecho mi papá". A lo que uno de sus compañeros respondió: "¿Tu papá...? Eso es imposibles, es ciego". El pequeño le sonrió y le hizo este comentario: "Sí, mi padre es ciego. Pero sólo de los ojos". Piénsenlo bien, lo esencial es invisible a los ojos... pero jamás al corazón.


El bambú japonés

 

Imagen de Alberto Vázquez 
 

Extasiado con los altos tallos de bambú de su vecino, que se habían convertido en una bellísima barrera natural entre sus dos arrozales, un campesino decidió visitar el mercado para comprar unas semillas de esta planta. Le costaron carísimas porque, según el vendedor, era muy difícil encontrarlas. En cuanto llegó a casa, escogió el mejor sitio para depositarlas, junto a sus campos y muy cerca de un riachuelo por el que siempre transcurría un buen caudal de agua clara.

Habían pasado unas semanas y, pese a que había abonado la tierra y había construido un canal que aseguraba un riego constante, no había surgido ni una triste planta. Así sucedió en los siguientes meses e, incluso, años. El hombre perdió las esperanzas de que aquellas semillas dieran fruto, pero transcurridos siete años, empezó a crecer una planta que, en apenas mes y medio, alcanzó varios metros de altura.

Y es que mientras él desconfiaba de ver crecer los juncos de bambú japonés, la planta había ido fortaleciendo sus raíces para crecer alta y fuerte cuando llegara el momento. Así sucede muchas veces en la vida: aunque busquemos el éxito rápido y fácil, no hay que impacientarse, pues éste sólo llegará si luchamos con perseverancia y tenacidad día tras día.

 

El anillo

 

Imagen de Alberto Vázquez 
 

Un joven fue a visitar al hombre más sabio del país con la esperanza de que le ayudase a resolver su problema. "Maestro, vengo a usted porque nadie me valora. Dicen que soy un torpe, un tonto y que no sirvo para nada", le confesó apesadumbrado el muchacho.

Sin apenas mirarlo, el maestro le respondió: "Lo siento mucho, no puedo serte de gran ayuda. Antes tengo que resolver mi propio problema. Si me echases una mano para vender este anillo, quizá luego pueda hacer algo por ti. No lo vendería por menos de una moneda de oro". El muchacho aceptó pensando que le sería fácil encontrar un comprador y con la pretensión de que el anciano le pudiese ayudar después a él.

Aunque recorrió todos los puestos de los mercaderes, no logró que ninguno ofreciera lo que pedía, por lo que volvió cabizbajo ante el hombre: "No pude venderlo y creo que no soy capaz de engañar a nadie sobre el precio", le confesó. "En eso tienes razón. Debemos saber cuánto vale realmente. Vete al joyero", sugirió el anciano. Y cuál fue su sorpresa cuando le ofreció ¡70 monedas de oro! De regreso, éste le dijo: "Tú eres como ese anillo, una joya valiosa que sólo un experto sabe apreciar. No pierdas el tiempo con quien desconoce tu auténtica valía".

Dalo todo por quien ames

 

Hace unos años, mientras trabajaba en un hospital, conocí un caso que ha permanecido en mi memoria. Una niña estaba hospitalizada desde hacía unos meses porque sufría una extraña enfermedad. La única oportunidad de recuperar la salud era su hermanito, de 5 años, quien había podido sobrevivir a la misma enfermedad y había desarrollado anticuerpos. Con una transfusión entre hermanos, había muchas probabilidades de salvarla.

El doctor que llevaba el caso le explicó al niño lo mejor que supo cuál era la situación: "¿Estarías dispuesto a darle tu sangre a tu hermanita? Sólo así lograremos que se cure". Tras dedicar unos segundos a pensarlo, el pequeño dio un largo suspiro y contestó: "Sí, lo vamos a hacer si eso es necesario para que mi hermanita siga viva". Mientras realizaban la transfusión, ambos hermanos  se miraron a los ojos y el niño empezó a sonreír a medida que veía que las mejillas de su hermanita recuperaban el color. Por el contrario, su cara empalideció y una lágrima cayó por la mejilla mientras preguntaba al doctor: "¿Cuándo empezaré a morirme?". El pobre creía que tendría que darle toda su sangre y, aún así, estaba decidido a sacrificar su vida por ella. Y es que la generosidad no tiene límites cuando amas de verdad.

 

Apariencias

 

Imagen de Alberto Vázquez 
 

Dos ángeles habían tenido un día agotador y, cuando anocheció, pidieron que les dejasen un lugar para dormir en una casa en la que vivía una familia muy adinerada, pero eran tan poco hospitalarios que les enviaron al frío sótano. Cuando se estaban haciendo la cama, el ángel más viejo vio un agujero en la pared y lo tapó. El más joven, extrañado, le preguntó por qué había hecho aquello, a lo que su compañero respondió: "Las cosas no siempre son lo que parecen".

Continuaron su camino y la siguiente noche la pasaron en el humilde hogar de un matrimonio tan hospitalario que les dieron de cenar y les cedieron su propia cama para descansar. Al amanecer los dueños de la casa estaban llorando porque había muerto la única vaca que tenían. Enojado por lo sucedido, el ángel joven preguntó al más mayor por qué había dejado morir al animal de esta buena familia. Y, nuevamente,le respondió: "Las cosas no son siempre lo que parecen, En el agujero del sótano de la mansión había oro y lo arreglé para no acrecentar la avaricia de sus dueños. En el caso de la familia humilde, el ángel de la muerte venía buscando a la mujer del agricultor y yo le entregué la vaca en su lugar". A menudo no entendemos las cosas cuando suceden hasta que el paso del tiempo nos las aclara.

 

La recompensa del esfuerzo

Imagen de Alberto Vázquez

Un hombre que paseaba por el parque se encontró un capullo de mariposa y se lo llevó a su casa para ver nacer el insecto. Esperó impaciente varios días hasta que se abrió en él un pequeño orificio por el que empezaron a salir las antenas. El hombre se sentó a disfrutar de ese momento mágico pero observó que el animal forcejeaba con el capullo sin conseguir hacer el agujero más grande.

La mariposa se había atascado y el hombre empezó a sentir pena viendo que tantos esfuerzos no le servían para nada. Decidido a ayudarla, cogió una tijera y agrandó el agujero lo suficiente para que el insecto pudiese salir. Y así fue, la mariposa ya era libre pero su cuerpo estaba hinchado y con las alas completamente dobladas. El buen hombre la dejó dentro de una cajita con agujeros para que pudiera respirar y acabar de desplegarlas. Pero cuál fue su sorpresa cuando, después de unas horas, abrió la caja y vio que seguía igual. De hecho, el animal jamás logró abrir completamente las alas ni volar. Y es que lo que parecía una buena opción privó a la mariposa de un esfuerzo que ayudaría a su desarrollo normal. Eso mismo nos pasa a los humanos: si no se nos permite superar obstáculos con nuestro propio esfuerzo jamás nos haremos fuertes en la vida.

 

El balsero y el estudiante

 

Imagen de Alberto Vázquez 

Un joven naturalista decidió hacer una excursión a lo largo del curso de un río, y por recomendación de unos amigos, subió a la balsa de un viejo marinero de agua dulce que se conocía el lugar como nadie. El hombre llevaba toda su vida navegando por el mismo curso y no existían secretos para él. Cuando llevaban un rato río abajo, el joven le preguntó al balsero: "¿Sabe usted cómo se llaman esas piedras que se ven en la orilla?". A lo que el buen hombre respondió: "No señor, no lo sé". Disculpe que no sepa contestarle". Entonces, el aprendiz de naturalista dijo: "Pues sepa usted que ha perdido una gran parte de su vida por no conocer la amplia variedad de piedras hermosas que atesora este río".

El muchacho volvió a hacer comentarios similares cuando el anciano reconoció que desconocía igualmente el nombre de los peces y las plantas que formaban el ecosistema fluvial. La conversación se interrumpió bruscamente cuando el anciano vio que la balsa se estaba hundiendo. "¿Sabe usted nadar?", le preguntó al joven. "No, nunca pude aprender", contestó. Y el balsero concluyó: "¡Pues sepa usted que va a perder toda su vida!". A veces las cosas más simples son las más útiles, pues nos pueden sacar del apuro o incluso salvar la vida.