Soy yo quien decide
Un influyente columnista de un diario norteamericano acompañaba en cierta ocasión a un buen amigo a comprar el periódico. Cuando estuvieron delante del quiosco, su amigo saludó al vendedor amablemente. El quiosquero, en lugar de devolver el saludo, le respondió de mala manera y les lanzó el periódico sin casi mirarles a la cara, como si le hubiesen ofendido con algo que desconocían. Su amigo, sin molestarse, le deseó que pasase un buen fin de semana.
Cuando se habían alejado unos pasos, el columnista, todavía impresionado por la situación que habían vivido, le preguntó a su buen amigo: "Oye, ¿este hombre siempre es tan desagradable y maleducado contigo?". A lo que le respondió: "Sí, así es". Entonces, el periodista preguntó intrigado: "Y tú, siempre le muestras tu cara más amable a este impresentable?". "Sí, claro", respondió sin parecerle extraño. "Perdona, no puedo entender por qué actúas así. Yo le habría pagado con la misma moneda", concluyó el columnista. Y el amigo le respondió: "Sabes qué, no quiero que sea él quien decida cómo me he de comportar".
Aprendamos de esta historia y no permitamos que la conducta de los otros condicione la nuestra.
Verdades parciales
Se cuenta que un profeta acompañado de todos sus discípulos,llegó a una ciudad para difundir sus doctrinas y hacer a sus habitantes un poco más sabios. A los pocos días de abrir las puertas de la escuela en la que se habían instalado, se les unió un estudiante que dijo: "Señor, en esta ciudad reina la frivolidad, a nadie le interesa aprender. Si pretendéis inculcar alguna idea en sus corazones, vais a tener un duro trabajo". El maestro, que lo estaba escuchando atentamente, le contestó: "Tienes razón".
Ese mismo día, llamó a la puerta de esta comunidad otro muchacho que, con una amplia sonrisa, se dirigió al profeta con estas palabras: "Señor, habéis llegado a la ciudad ideal para acogeros. Aquí la gente hierve de deseos por conocer la doctrina verdadera". El maestro sonrió complacido y, de nuevo, comentó: "Tienes razón".
Uno de los discípulos, contrariado, le dijo al profeta: "¿Por qué les contestas siempre lo mismo? No puede ser que ambos tengan razón". A lo que el sabio respondió: "Cada hombre ve el mundo de una manera distinta. Unos solo reparan en lo malo y otros, en lo bueno. ¿Piensas que se equivocan? No creas que me han engañado, solo me han dicho una verdad incompleta".
Globos
Hacía días que había llegado a la feria del pueblo un vendedor de globos que siempre tenía clientes alrededor, porque sabía cómo atraer su atención. Un niño negro, que se pasaba las horas muertas delante de él, vio cómo soltaba un globo rojo que todos los presentes contemplaron mientras ascendía lentamente y se perdía por detrás del campanario de la iglesia. Aprovechando la expectación que se había creado, fue soltando, uno tras otro, un globo azul, después uno verde, más tarde uno amarillo y uno lila, otro blanco...
Todos remontaron el vuelo como había hecho el rojo y, empujados por una suave corriente de aire, se hicieron cada vez más y más pequeños, arrastrando tras de sí la mirada ilusionada de grandes y pequeños.
Mientras los demás miraban al cielo, el niño negro no perdía de vista un globo negro que el vendedor aún sujetaba en su mano. Tras armarse de valor, se acercó y le preguntó: "Señor, si soltara el globo negro, ¿subiría tan alto como los demás?". Entonces, el vendedor, entendiendo lo que en realidad quería preguntarle el niño, soltó el globo y le respondió: "No es el color lo que lo hace subir, hijo. Es lo que hay dentro". Porque, a pesar de las diferencias externas, por dentro todos somos iguales.
El caballo y el asno
Un hombre había emprendido un largo viaje en compañía de su caballo y de su asno. Mientras el caballo avanzaba ligero con el amo a cuestas, el asno apenas podía seguirles el paso porque le había tocado llevar toda la carga sobre su lomo. El pobre animal aguantó sin quejarse más de la mitad del camino, por pedregales y zonas desérticas y bajo un sol de justicia. Sin embargo, hubo un momento en el que las fuerzas le fallaron y no pudo más.
El asno se paró y le suplicó al caballo: "Amigo, ayúdame. Por lo que más quieras, lleva tú una parte de esta pesada carga". Pero el soberbio equino ni se dignó escuchar a su compañero de viaje y siguió adelante como si nada. Unos metros más allá, el asno cayó al suelo extenuado, casi sin respiración, y falleció a los pocos segundos. El dueño, enojado por aquel contratiempo, puso toda la carga sobre el caballo incluida la piel del asno, que desolló allí mismo, y montó para continuar su viaje. El caballo, lleno de rabia, comentó: "¡Qué mala suerte tengo!". Por no querer ayudar a mi amigo el asno ahora me toca llevar toda la carga a mí solo".
Siempre hay que tender la mano a quienes piden ayuda. De no hacerlo así, el problema puede acabar siendo nuestro.
La ceguera del triunfo
El león estaba tranquilamente dormitando bajo uno de los pocos árboles que quedaban en la sabana cuando un insolente mosquito interrumpió su siesta. El insecto quería retarle a un enfrentamiento y el felino, cada vez más enfadado, aceptó para quitárselo de encima cuanto antes.
El mosquito no le dejó ni reaccionar y empezó a picarle sin parar, ahora en la cola, ahora en las orejas, ahora en el morro... Por su parte, el león sacaba toda su fiereza en cada zarpazo intentando espantar al endiablado insecto, aplastarlo contra el suelo o atraparlo,por fin entre sus fauces.
Pero todos los esfuerzos del rey de la jungla fueron en vano,porque su cuerpo acabó hinchado como una bola por el veneno de las numerosas picaduras. Aturdido y avergonzado, aceptó su derrota mientras el voraz mosquito, henchido de orgullo y de sangre, haciendo alarde indisimulado de su victoria , se alejó del lugar bajo los efectos de la ceguera del triunfo.
Como estaba en una nube, el insecto se descuidó y, sin darse cuenta, cayó en una gran telaraña. La araña, al verlo, se relamió de placer con el festín que se iba a dar. Y es que en la vida, los grandes éxitos no deben hacernos perder de vista lo fácil que podemos perderlo todo por un pequeño error.
Espina y rosa
"De cualquier modo que se llame tu espina, acéptala, es compañera de la rosa".
Rabindranath Tagore

El amor y el tiempo
Erase una vez una isla
paradisíaca en la que vivían todos los sentimientos y valores del hombre: el
buen humor, la tristeza, la sabiduría, el orgullo, la tristeza, el amor… Un
día, los meteorólogos anunciaron la llegada de un tifón destructor que inundaría
la isla. Entonces, todos se apresuraron a embarcarse y huir… todos, menos el
amor, que permaneció allí hasta el último momento.
Cuando el agua había
llegado al punto más elevado de la isla, el amor pidió auxilio. La riqueza pasó
en un barco lujosísimo y el amor le dijo: “Riqueza,
¿me puedes llevar contigo?”. “No hay
sitio para nadie, porque todo está lleno de oro y plata”, le respondió.
Entonces el amor se dirigió al orgullo, que surcaba a toda vela el mar. “Orgullo, ¿tienes un hueco para mí en tu
nave?”. A lo que éste, casi sin mirarle a la cara, contestó: “Aquí no hay
lugar para ti. Todo es perfecto, arruinarías mi reputación”.
Así fue preguntando a
todos los que pasaban cerca hasta que un viejo le dijo: “Ven, amor, te llevo conmigo”. Cuando llegó a tierra firme, quiso
agradecerle la ayuda, pero ya se había marchado. Al preguntarle a la sabiduría
quién era aquel anciano generoso, ésta le dijo: “Era el tiempo, el único que es capaz de comprender cuán importante es
el amor en la vida”.








