Los tres coladores

  

Imagen de Alberto Vázquez 

Un hombre se acercó a Sócrates  y le dijo: "Tengo que contarte una cosa muy seria relacionada con un buen amigo tuyo". El filósofo se lo quedó mirando fijamente con sus ojos llenos de sabiduría y le preguntó: "Antes de que empieces a hablar, ¿has sometido lo que pretendes contarme a la prueba de los tres coladores?". El hombre, desconcertado, le preguntó: "¿Y qué prueba es esa?". A lo que el viejo filósofo respondió: "Si no lo sabes, presta atención. El primero de los tres coladores es el de la verdad. ¿Estás seguro de que es cierto lo que me quieres contar?"

"En realidad, seguro del todo no lo estoy, pero lo escuché de una persona muy seria, poco amiga de las mentiras", respondió el hombre. "¿Y qué me dices del segundo colador, el de la bondad?", continuó Sócrates. "Aunque fuese verdad lo que me has de contar, ¿estás seguro de que es bueno que yo lo oiga?, ¿me hará bien escucharlo?". Y el otro le respondió sin titubear: "Lo que se dice bueno, no lo es. Más bien todo lo contrario".

"Siendo así -prosiguió el venerable pensador-, aún quedaría un tercer colador, el de la utilidad. ¿Estás seguro de que me resultará útil lo que quieres contarme?". "Pues, la verdad es que no", respondió el hombre.

"¿Ves? -le replicó el sabio-, si lo que me vas a contar no sabes si es verdad y no sería ni bueno ni provechoso, prefiero que te lo guardes sólo para ti".

Palabras que duelen

 "Hay palabras que duelen como una mordedura. Son palabras imposibles de perdonar u olvidar"

Sandor Marai 


 

Maestra, ¿qué es el amor?

 

Imagen de Alberto Vázquez 

Un niño le preguntó a su profesora qué era el amor. La maestra, entonces, les dijo a los alumnos que dieran una vuelta por el patio de la escuela y trajeran cosas que invitaran a amar o que despertaran en ellos el sentimiento del amor. Cuando todos regresaron, empezaron a mostrar lo que habían encontrado: "Yo he traído esta flor... ¿A que es bonita?", dijo un niño. Otro comentó: "He encontrado este pajarito en un nido, ¿no es gracioso?". Al terminar, la maestra advirtió que una de las niñas no había traído nada. "¿Y tú?", le preguntó. "¿No has encontrado nada que puedas amar?". La niña, tímidamente, respondió: "Vi la flor y sentí su perfume. Pensé arrancarla, pero la dejé para que exhalase su aroma durante más tiempo. Vi también mariposas llenas de color, pero parecían tan felices que no intenté coger ninguna. Vi al pajarito, pero al subir al árbol, noté la mirada triste  de su madre y bajé sin nada... Traigo conmigo el perfume de la flor, la libertad de las mariposas y la gratitud que noté en los ojos de la madre del pajarito. ¿Cómo puedo, entonces, enseñaros lo que he traído?", concluyó la pequeña, emocionando a la maestra, que le dio las gracias y le dijo que había sido la única en darse cuenta de que lo que amamos no es un trofeo y que el amor siempre lo llevamos en el corazón.

Usar bien la luz

 La felicidad puede hallarse hasta n los momentos más oscuros si se sabe usar bien la luz.

 




La mayor generosidad

 


Después de pasarse un buen rato mirando la tienda, una niña se decidió a entrar en la joyería y pidió que le enseñasen el collar de turquesa que exhibían en el centro del escaparate. "Lo quiero para mi hermana. ¿Me lo envolverá con papel de regalo?", le dijo la pequeña.

Un tanto desconfiado, el dueño de la tienda le preguntó: "¿Cuánto dinero tienes?". Y la niñita sacó de su bolsillo un pañuelo en el que había guardado todos sus ahorros. Dejando una detrás de otra en el mostrador las pocas monedas que había podido reunir, le explicó al joyero: "Quiero regalarle algo realmente bonito a mi hermana. Desde que murió nuestra madre, ella ha cuidado de todos nosotros y se merece este collar, que es del color de sus ojos". Tras envolverlo con un papel de seda y ponerle un lazo, el hombre le entregó el paquete a la pequeña.

Estaba a punto de cerrar su negocio, cuando entró por la puerta una bella joven rubia de ojos turquesas. "¿Ha vendido usted este collar a una niña?", le preguntó. "Sí, esta misma mañana", contestó el joyero. "Vengo a devolverlo, mi hermana no tiene suficiente dinero para comprarlo", continuó la muchacha. A lo que el joyero respondió: "Lléveselo, es suyo. Ella pagó el precio más alto que cualquiera puede pagar. Dio todo lo que tenía".


Picor

No hay nada peor que sentir picor y no poder rascarse.