El ermitaño astuto

 


Érase una vez un eremita que, pese a su avanzada edad, sus cabellos blancos y su rostro plagado de arrugas, mantenía una mente sagaz y despierta y un cuerpo flexible. Además, había logrado un asombroso dominio de sus facultades, si bien lo que no consiguió fue callar su arrogante ego. Pero, como le sucede a todo el mundo, un día el Señor de la Muerte le envió a uno de sus emisarios para comunicarle que había llegado la hora de despedirse de este mundo.

Gracias a su talento para la clarividencia, el ermitaño intuyó lo que iba a suceder y desplegó a su alrededor 39 figuras idénticas a la suya, de tal manera que, al llegar el mensajero de la Muerte, éste quedó totalmente confundido y no pudo apresar al astuto anciano. Cuando regresó ante su amo y explicó lo sucedido, el Señor de la Muerte le susurró al oído lo que debía hacer y una amplia sonrisa se dibujó en su rostro.

De nuevo ante el eremita, éste repitió el truco de la multiplicación, pero esta vez el emisario dijo: "¡Qué gran proeza! Aunque hay un pequeño fallo". El anciano, herido en su orgullo, preguntó: "¿Cuál?". Y ésa fue su perdición, porque al hablar el emisario de la Muerte lo atrapó, ya que lo único que hace falta para descubrir a un ególatra es una palabra de adulación o crítica. 

 

Hacer el bien

 "Quien hace el bien desinteresadamente, siempre es pagado con usura."

Goethe


 

Reglas y excepciones

 "En realidad siempre hacemos las reglas para los demás y las excepciones para nosotros mismos."

 Charles Lemesle


 

El viaje en barco del sultán

  

Imagen de Alberto Vázquez 

Una vez un sultán se llevó a sus mejores cortesanos a disfrutar de un crucero por las aguas tranquilas del golfo Pérsico. Todos se mostraban encantados de ser sus invitados, menos uno, que jamás había visto el mar y había pasado toda su vida en las montañas. Este hombre sufrió un ataque de pánico nada más abandonar el puerto y se encerró en la bodega de la nave, donde no paró de llorar y lamentarse e incluso se negó a comer y beber.

Su comportamiento estaba arruinando el crucero a todos los pasajeros, pero el sultán no sabía cómo hacer entrar en razón al cortesano. Para fortuna de todos, el más sabio de los ministros del reino se dirigió a su señor diciéndole: "Si su alteza me da permiso, yo conseguiré calmarlo". Y a continuación, mandó que tirasen por la borda al atormentado cortesano. Cuando el hombre vio que nadie le salvaría de morir ahogado empezó a dar fuertes brazadas y, aunque tragó mucha agua, llegó hasta el barco, desde donde fue izado. A partir de ese momento, no sólo dejó de quejarse, sino que todo le pareció maravilloso.

Al igual que el cortesano, muchas personas sólo consiguen dar el auténtico valor a las cosas de las que disfrutan a diario cuando experimentan la sensación de pérdida. 

 

Mamás

 "Mamás son las que con un abrazo te quitan todas las tristezas."

 


 

Padres de nuestro porvenir

 "Procuremos ser más padres de nuestro porvenir que no hijos de nuestro pasado"

Miguel de Unamuno


 

Los tres coladores

  

Imagen de Alberto Vázquez 

Un hombre se acercó a Sócrates  y le dijo: "Tengo que contarte una cosa muy seria relacionada con un buen amigo tuyo". El filósofo se lo quedó mirando fijamente con sus ojos llenos de sabiduría y le preguntó: "Antes de que empieces a hablar, ¿has sometido lo que pretendes contarme a la prueba de los tres coladores?". El hombre, desconcertado, le preguntó: "¿Y qué prueba es esa?". A lo que el viejo filósofo respondió: "Si no lo sabes, presta atención. El primero de los tres coladores es el de la verdad. ¿Estás seguro de que es cierto lo que me quieres contar?"

"En realidad, seguro del todo no lo estoy, pero lo escuché de una persona muy seria, poco amiga de las mentiras", respondió el hombre. "¿Y qué me dices del segundo colador, el de la bondad?", continuó Sócrates. "Aunque fuese verdad lo que me has de contar, ¿estás seguro de que es bueno que yo lo oiga?, ¿me hará bien escucharlo?". Y el otro le respondió sin titubear: "Lo que se dice bueno, no lo es. Más bien todo lo contrario".

"Siendo así -prosiguió el venerable pensador-, aún quedaría un tercer colador, el de la utilidad. ¿Estás seguro de que me resultará útil lo que quieres contarme?". "Pues, la verdad es que no", respondió el hombre.

"¿Ves? -le replicó el sabio-, si lo que me vas a contar no sabes si es verdad y no sería ni bueno ni provechoso, prefiero que te lo guardes sólo para ti".

Palabras que duelen

 "Hay palabras que duelen como una mordedura. Son palabras imposibles de perdonar u olvidar"

Sandor Marai