Compartir nuestra luz
Un viejo y sabio filósofo de Oriente, reunido con sus discípulos para impartir una de sus charlas, les contó la siguiente historia: "Hace muchos, muchos años, en una lejana montaña, un grupo de hombres se quedó encerrado en una profunda caverna por accidente. Tal era la oscuridad que reinaba en la cueva, que no podían ver nada. Pasó algún tiempo y, finalmente, uno de ellos logró encender una pequeña tea. Pero la luz que daba era tan escasa y tan débil, que aun así seguía sin poder percibirse nada. Después de estar cavilando varios días, al hombre se le ocurrió que con su luz podía ayudar a que cada uno de sus compañeros prendiera su propia tea. Y así lo hizo. De repente, compartiendo la llama con todos sus compañeros, la caverna se iluminó intensamente".
Cuando acabó de explicar esta narración, los alumnos se quedaron unos minutos reflexionando en silencio, hasta que uno de ellos le preguntó al maestro: "¿Pero, qué es lo que nos quiere decir este relato? ¿Qué nos enseña?".
Y éste contestó: "Nos muestra que nuestra luz seguirá siendo oscuridad si no la compartimos con los demás. Y también nos dice que el hecho de compartir nuestra llama no la apagará; al contrario, la hará crecer".
El roble y la hiedra
Un hombre que había construido su propia casa decidió dotarla de un jardín que se convirtió en su remanso de paz. En medio de él, plantó un roble que creció lentamente . Día tras día, sus raíces eran más profundas y su tronco se estiraba para atrapar la luz. Junto al muro, plantó una hiedra que rápidamente empezó a extender sus ramas ocupando toda la superficie de la pared de piedra.
"¿Cómo estás, amigo roble?", le preguntó un día la hiedra. "Bien, amiga", le contestó el árbol. "Eso es lo que respondes porque no ves el mundo como yo, desde las alturas. A veces siento pena viéndote ahí hundido en el fondo del patio", comentó la hiedra con un indisimulado aire de superioridad. "No te burles de mí. Recuerda que lo importante no es crecer deprisa, sino con firmeza", respondió con humildad el roble.
La hiedra soltó una carcajada y siguió creciendo deprisa, mientras el roble tardó años en desarrollarse. Pero una noche descargó una fuerte tormenta que arrasó el jardín. Al amanecer, la hiedra yacía en el suelo arrancada de la pared, en cambio, el roble aguantó casi intacto. Esto llevó al árbol a reflexionar: "Es mejor crecer fuerte sobre tus propias raíces que ganar altura rápidamente pero dependiendo de la seguridad de los demás".
La pequeña granja y la vaca
Un filósofo y su joven discípulo paseaban por los alrededores de un pueblo cuando divisaron una pequeña granja. Tras llamar a la puerta para pedir un vaso de agua, les recibió un humilde matrimonio y sus tres hijos, vestidos con pobres harapos. Al preguntarles de qué vivían, el granjero les contó que una vaca les daba leche, con la que hacían mantequilla y queso para su autoconsumo y venta.
Lejos ya del lugar, el filósofo le ordenó a su discípulo: "Regresa a la granja, coge la vaca y tírala por un precipicio". "Pero si es el único sustento de la familia", respondió el joven intentando, sin éxito, salvar al animal. Años más tarde, el muchacho, convertido en un rico empresario, volvió al mismo lugar y quedó sorprendido al ver que la granja ahora era una lujosa mansión. Aquello le provocó una enorme tristeza, pero pronto descubrió que sus propietarios eran los mismos granjeros que, empujados por la necesidad, habían empezado a cultivar algodón. Y lo que comenzó como una forma de escapar de la miseria, con el tiempo se convirtió en un próspero negocio.
A menudo, en la vida nos acomodamos a lo que nos da nuestra "vaca", pero no dudemos en tirarla por el precipicio y pasemos a la acción. Que nada nos frene para mejorar.









